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En estos días me enviaron por correo electronico esta píldora para la memoria:
Seguramente la razón de esta coincidencia no es la herencia genética pero sí la tradición mezquina de una parte importante de nuestras élites que se han negado a reconocer derechos reales a los campesinos por décadas. Lo grave es que entre las dos épocas mencionadas atrás hubo cerca de 300.000 muertos (el 82% civiles); 4.700.000 desplazados; 27.000 secuestrados (1970-2010); 25.000 desaparecidos; 10.000 víctimas minas antipersona; 6.400 niños reclutados; 5.000 falsos positivos; 1.982 masacres y 1.800 víctimas de violencia sexual (Informe Basta ya, 2013).
En los años 60 la razón para exterminarlos fue ser leídos como una “república independiente”, cuando en realidad reclamaban lo que hoy llamamos autonomía territorial campesina. La criminalización del Estado sobre un grupo pequeño de campesinos alzados en armas lo llevó a convertirse en la guerrilla más grande de nuestro continente. La filosofía desde el establecimiento fue la siguiente: si se tiene un enemigo político con el cual en algún momento y por alguna razón no se quiere negociar es clave bloquearlo, aislarlo, marginarlo y exasperarlo para que se convierta en algo más opuesto y extremo de lo que era, para así legitimar aún más la lucha contra él.
Esta especie de “profecía autocumplida” fue la forma como el establecimiento operó con relación a las FARC. Desde mediados de los años sesenta se dijo que había que atacar con todas las fuerzas a unos guerrilleros comunistas, que nunca iban a dejar las armas en su lucha por conquistar el poder del Estado y que no se iban a transar por ninguna reforma. El mecanismo funcionó en la medida en que las FARC se radicalizaron política y militarmente e, incluso, adoptaron métodos criminales para conseguir su objetivo político.
Sin embargo, ahora que la guerrilla propone dejar las armas, acepta la posibilidad de transar con base en algunas reformas e incluso pide perdón por algunos de sus actos criminales, el argumento de la derecha recalcitrante es que existe el riesgo de que se tomen el poder y que hagan de Colombia un país con base en el modelo de Chávez.
Entonces, si ya no van a usar las armas, si ya negocian pactos reformistas lo que aparece de nuevo y lo que se devela con toda la contundencia, es nada menos que el temor a la democracia, el temor a que al adversario político crezca, a que las ideas contrarias -de tipo socialista o incluso autonómicas- se propaguen. Como no pueden decir abierta y públicamente que son antidemocráticos hay que repetir hasta la saciedad que los crímenes que las FARC cometieron son imperdonables y que no merecen ninguna consideración política, en aras de la transición hacia la paz.
Siendo así, de ganar el No en el plebiscito estamos ante el riesgo de que las FARC frente a este nuevo bloqueo se exaspere y retorne a la guerra con lo cual, aquello que hemos llamado la “profecía autocumplida”, volvería a operar en beneficio de nuestras élites antidemocráticas, las cuales podrán decir: “se los dijimos, solo quieren el poder por la vía de las armas y por eso hay que combatirlos sin cuartel”.