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Incertidumbres sembradas en la tierra. Prácticas y expectativas de jóvenes rurales en perspectiva intergeneracional y de género, en contextos de guerra. El caso de la región del Oriente Antioqueño, Colombia.

Autor: Olga Elena Jaramillo Gómez - Flor Edilma Osorio Pérez || Publicado en Octubre 13 de 2015

Gráfica alusiva a Incertidumbres sembradas en la tierra. Prácticas y expectativas de jóvenes rurales en perspectiva intergeneracional y de género, en contextos de guerra. El caso de la región del Oriente Antioqueño, Colombia.
Región:Nacional |

Este es un estudio realizado en el marco del concurso de investigación Jóvenes Rurales y Acceso a la Tierra promovido por la International Land Coalition - América Latina y el Caribe (ILC- ALC) y la Corporación PROCASUR. El propósito fue profundizar en la relación, expectativas y percepciones de los y las jóvenes frente a la tierra y el territorio. Incluimos una perspectiva de género e intergeneracional que hiciera posible una lectura más amplia de estas realidades y realizamos esta aproximación en un contexto marcado por la guerra que aún vive el país, la región del Oriente Antioqueño, Colombia y de manera más precisa en los municipios de Sonsón y La Unión.

En el texto completo se incluye una mirada a los principales factores presentes en la relación juventud, tierra, conflicto armado en las escalas nacional, regional y local mostrando las expresiones que alcanza en cada una y la forma cómo se retroalimentan y cobran vigencia en las vivencias y rutas que los jóvenes rurales y sus familias construyen desde la vida cotidiana de sus parcelas.

 

 

“Me gusta trabajar porque con el dinero uno puede conseguir las cosas que necesita” dice Brayan. Él y su familia viven y trabajan en calidad de mayordomos en una finca de 76 hectáreas donde llegaron hace 10 años, tras vivir en otras veredas y municipios a causa del desplazamiento forzado que enfrentaron en 1998. Brayan tiene 13 años y es el segundo entre cuatro hermanos hombres de 15, 11 y 9 años; cursa sexto grado en el colegio de una vereda cercana, pues en la suya solo se ofrece la primaria. “Mi papá sale a las siete a rozar, a cercar, a darle vuelta al ganado. A nosotros nos toca madrugar, ordeñar las vacas y despachar la leche y nos vamos a estudiar (…). Mi papito (abuelo) vive un poquito más lejos, la casa más bonita; tiene una huerta, acá no hay huerta, acá lo que hay es ganado y ya. En cambio uno allá en lo de papito, uno puede sembrar lo que uno quiera (…) cuando voy a estudiar ellos me ayudan con las tareas”

 

 

La historia de Brayan y otras nueve historias constituyen el eje central del estudio. Estas fueron reconstruidas a partir de las voces de jóvenes hombres y mujeres, con vinculaciones diversas al sistema escolar y al mundo del trabajo y cuyas experiencias dan cuenta de dinámicas rurales diversas en ocho veredas de estas dos poblaciones. Las historias se reunieron en pares en función de las posibilidades que sus mismas trayectorias trazaron y las vertientes de comprensión que propusieron: Mejor quedarse en el campo recogen las historias de Brayan y Andrés; Mejor salir a la ciudad las de Camilo y Juan Fernando; Estudiar para regresar al campo es la opción de Norbey y José Ferney; Mujeres en el campo, ellas son Cindy y Yesica; y, Construyendo sus familias compuesta por los relatos de Leidy y su hija, y una pareja de jóvenes, Jeison y Lina.

 

 

Dentro de las principales reflexiones que deja este estudio encontramos que los y las jóvenes participan de múltiples maneras en las estrategias que las familias del campo emplean y combinan para garantizar su reproducción. Las diez historias muestran la diversidad de actividades y niveles de responsabilidad asumidos por los integrantes más jóvenes en el espacio doméstico y la parcela. Se definen en cada caso de acuerdo con condiciones propias del núcleo familiar como son la tenencia y tamaño de la tierra, la composición de la familia y su situación socioeconómica y de los mismos jóvenes, el género, la edad, la participación en el sistema escolar, sus gustos y expectativas. Encontramos que en la parcela y el ámbito de trabajo transcurre buena parte de la vida de los y las jóvenes constituyéndose en escenarios y relaciones donde se producen buena parte de los procesos de socialización.

 

 

Las prácticas y decisiones de los y las jóvenes durante esta etapa se encuentran estrechamente relacionadas con las dinámicas y condiciones familiares, de ahí la importancia de comprenderlas dentro de ese contexto. Encontramos tres fuentes importantes que permiten el sustento de las familias: La tierra, el empleo rural y la producción animal que en muchos casos se considera un ahorro. Los arreglos entre las distintas estrategias se construyen en función de las posibilidades de cada familia y tal como se muestra en el gráfico las prácticas de los y las jóvenes en la parcela responden también a la lógica de reproducción familiar y advierten experiencias distintas en la parcela y el trabajo.

 

 

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Las realidades de estas familias muestran un escenario que permite satisfacer las necesidades del día a día, en algunos casos con precariedad, de tal manera que el futuro aparece como un cúmulo de incertidumbres que delinean las oportunidades para los y las jóvenes y a partir de las cuales se toman las decisiones en relación con la permanencia en la parcela familiar, la continuidad de los estudios, la adquisición de una tierra propia o la migración a la ciudad. Estas condiciones presentes anticipan de alguna manera los trayectos próximos de los y las jóvenes y advierten los dilemas que enfrentan tanto ellos como sus familias ante las rupturas que proponen hechos propios de esta etapa tales como el fin del bachillerato, el abandono del sistema escolar, la paternidad o maternidad tempranas o el inicio o de un proyecto familiar propio.

 

 

El acceso de los jóvenes, hombres y mujeres a la tierra está marcado por diversas situaciones y tensiones ilustradas en las historias. Consideramos que ésta aproximación micro da cuenta de un ensamblaje con realidades más amplias que no se circunscriben solamente a la tenencia y acceso a la tierra como un factor productivo. Aunque esta es una base importante para la reproducción de una familia en el campo, muchos otros emergieron como elementos presentes en la relación que los y las jóvenes construyen con la tierra y el territorio.

 

 

Como lo expresa Guaraná (2005)[1], la decisión de quedarse o salir de la finca y de la zona rural, dice mucho también sobre su decisión de quedarse o salir de la casa de los padres y del alcance de la autoridad paterna, especialmente, que es mucho más fuerte en los casos de las mujeres. La dimensión de la relación y disputa que se ejerce por parte de los adultos y mayores con respecto a los jóvenes, despliega diversas formas de control social que contribuyen en acelerar o no estas decisiones. Según Guaraná, la categoría “joven”, caracterizada en la imagen de desinterés del joven por el campo, parece representar el riesgo de la discontinuidad de las relaciones familiares establecidas con la tierra. A las dinámicas de autonomía y subordinación que existen en la familia se unen las valoraciones de la ciudad y los reconocimientos construidos socialmente acerca de la vida en el campo. Las preguntas ¿por qué la tierra? y ¿por qué no la tierra? no se pueden desligar y adquieren sentido de frente a las dinámicas migratorias de los y las jóvenes a los espacios urbanos. Las posibilidades materiales y concretas de acceder a una tierra no resultan definitivas en esta decisión pues las expectativas y valoraciones de los y las jóvenes acerca de la vida en el campo o la búsqueda de un proyecto en la ciudad se construyen a partir de sus propias vivencias y realidades pero también son reforzadas por las experiencias migratorias de sus pares y los discursos provenientes de la propia familia, la escuela y otros ámbitos en donde la ciudad se posiciona como un referente de bienestar y progreso.

 

 

 

El género delinea de manera significativa el vínculo presente y futuro que se construye con la tierra, el trabajo agrícola y el campo. Identificamos prácticas de crianza con separaciones claras entre el trabajo de la parcela y los quehaceres del ámbito doméstico que asignan y absuelven a hombres y mujeres jóvenes de ciertas responsabilidades. Persiste una profunda invisibilidad del trabajo de las mujeres jóvenes en los espacios domésticos que además de la inexistencia de un reconocimiento económico se refleja en un enorme desconocimiento del aporte al trabajo agrícola que realizan otros integrantes de la familia y las dobles jornadas que asumen tanto las mujeres adultas como las jóvenes. En el ámbito del trabajo asalariado las remuneraciones de las mujeres son más bajas y las condiciones físicas mismas suponen desventajas de frente a la naturaleza de las labores en el campo. Las prácticas de herencia poco favorecen a las mujeres y es una constante intergeneracional. Algunos de los padres de los jóvenes recibieron tierras porque eran hombres y las familias mismas entregan lotes y ganado a sus hijos varones, ellas parecen resultar más privilegiadas en la educación y el apoyo para salir del campo.

 

 

La composición familiar, la posición que se ocupa, el género, la edad, y el ciclo de vida de la familia generan posibilidades diversas para los y las jóvenes. La presencia de varios hijos aumenta el vínculo de la familia con el trabajo asalariado por fuera de la parcela que resulta central en el sostenimiento económico del hogar. Las limitaciones impuestas por el tamaño de la tierra o la ausencia de ella reducen las oportunidades de que los y las jóvenes desarrollen actividades de cuenta propia dentro de la parcela familiar y construyan desde edades tempranas un patrimonio. En los casos donde esto es posible y existen prácticas de acceso a tierra parte de los jóvenes encontramos balances y valoraciones muy positivas de las distintas generaciones que estarían mostrando las potencialidades de arreglos entre padres e hijos que aportarían a creación de condiciones para que los y las jóvenes apuesten por proyectos de vida en el campo. En el caso de las jefaturas femeninas o los hogares monoparentales las decisiones se toman en función de garantizar las condiciones de reproducción aunque las expectativas o sueños de los jóvenes se hallen comprometidas. La familia extensa con la presencia de los abuelos también es significativa, los más viejos prefieren permanecer en el campo y eso supone otros desafíos para la familia que asume los cuidados y ritmos de esta etapa.

 

 

La educación y la vida rural aparecen en una relación excluyente que genera fuertes dilemas a los y las jóvenes y sus familias. La valoración que existe por el estudio y lo que representa para el futuro de los hijos en la búsqueda de alternativas distintas al trabajo agrícola tanto como la idea misma de los jóvenes por demás reforzada por la escuela, de que la educación es el camino que permite el ascenso personal y social, genera tensiones que se expresan más directamente cuando se culmina el bachillerato. Por un lado, las condiciones económicas de las familias impiden proporcionar el apoyo suficiente a los hijos e hijas para salir a los centros urbanos que concentran las posibilidades de educación superior. Por otro, quienes desean permanecer en el campo o estudiar y regresar no solo enfrentan las limitaciones económicas para hacerlo, sino también las presiones sociales originadas en la percepción de que no se necesita estudiar para el trabajo agrícola y no hay cabida en el campo para un profesional. Aunque persisten brechas materiales y simbólicas muy importantes expresadas en la relación entre la educación y la vida rural, Norbey y José Ferney proponen nuevos caminos y están advirtiendo las posibilidades de construir arreglos distintos entre el campo y la ciudad a través de las oportunidades educativas.

 

 

La guerra no tiene una influencia menos importante pues generó marcas y rupturas en la vida de las familias y los y las jóvenes desde edades muy tempranas. El desplazamiento e inestabilidad que impuso, la pérdida de familiares, el abandono de las tierras y el detrimento de los patrimonios económicos y sociales construidos, se manifiestan aún con el paso de los años y delimitan y se suman a las demás incertidumbres que las condiciones presentes generan pues se reconoce que en el futuro próximo “puede volver a suceder”.

 

 

Aunque la tierra genera unas condiciones mínimas no supone por sí misma la garantía de estabilidad económica. Si bien aparece en los horizontes futuros de algunos jóvenes y se valora enormemente, la tenencia de una parcela propia no resulta suficiente. Se convierte en un anhelo muy lejano para los y las jóvenes pues el trabajo agrícola difícilmente hará posible la adquisición de una tierra en el futuro cercano y tenerla tampoco representa un cambio frente a las condiciones materiales que viven sus familias. No obstante, las historias y experiencias de estos jóvenes están mostrando la necesidad de crear oportunidades reales, no solo para acceder a la tierra, sino para construir proyectos de vida en el campo. Para ello se hace necesaria la búsqueda de otras valoraciones frente a lo rural y la construcción de relaciones más equitativas con la ciudad, tarea que exige la convergencia de diversos actores, pues la pregunta por los y las jóvenes y la tierra entraña en sí misma el presente y el futuro de la sociedad rural en su conjunto.

 

 

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Leidy considera que el campo le ofrece ventajas y puede tener una vida más tranquila. “En La Unión sería más complicado, me tocaría pagar quien me cuide la niña porque en un trabajo en la Unión tiene que cumplir un horario. La guardería la maneja la madrina de la niña y me colabora muchísimo y si, por ejemplo, me la tienen que cuidar un sábado, me la cuidan. En La Unión usted desde que tenga plata, vive súper bueno, pero sin plata es complicado, todo es comprado. Por aquí le regalan a uno las papitas, la fresa pa´l jugo, las moritas, por aquí un vecino arranca y manda las papitas. La leche hay que comprarla y muchas veces le regalan a uno un litrico. En La Unión todo es plata. La ventaja del campo es que por acá es más sencilla la vida, en cambio en un pueblo, usted sin plata es nada y la plata no lo es todo (…) El campo es bueno para la educación de un niño. Al menos los niños desde muy pequeños salen muy trabajadores, en cambio los niños del pueblo siempre se ven más flojitos, claro que hay niños muy rebuscadores en el pueblo, me ha tocado ver niños por ahí vendiendo chicles, recogiendo envases, de todo. En el campo la ventaja que veo es que los niños sean más trabajadores y un poco más juiciosos”.

 

 

Conoce más de estas historias consultando el documento completo https://www.landcoalition.org/es/regions/latin-america-caribbean/resources/incertidumbres-sembradas-en-la-tierra-practicas-y-expectativas-de-jovenes-rurales-en

Y las de otros jóvenes de América Latina en la serie que recoge este informe y los demás realizados en Perú, Bolivia, Guatemala, Nicaragua y Argentina

https://www.landcoalition.org/es/regions/latin-america-caribbean/news/nueva-serie-de-publicaciones-indaga-sobre-el-impacto-del-acceso-la-tierra-en-las-estrategias-de


[1] Guaraná de Castro, Elisa (2005). Entre Ficar e Sair: uma etnografía da construcao social da categoría joven rural. Universidade Federal do Rio de Janeiro. Tese (Doutorado) UFRJ/PPGAS/ Programa de Ps-graduao em Antropologia Social.

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